miércoles, 10 de mayo de 2017

EVIL APP 2: VERÓNICA LA HIJA DEL DIABLO

EVIL APP 2: Verónica, la hija del diablo



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Juan despertó a las seis de la mañana sobresaltado. Había tenido una pesadilla que no pudo recordar.                                                                                                                                           
Sacó el celular escondido debajo de la almohada y entró en facebook lite. Pero al cargar la aplicación notó algo raro. Los clásicos cuadritos de carga tardaron bastante en rellenarse. Sin duda, era síntoma de problemas. Cuando por fin pudo abrir su Facebook, encontró un mensaje el cual decía que su cuenta había sido bloqueada temporalmente.
— ¡No! ¡No! ¡No!— grito Juan, mientras golpeaba rabioso la almohada. En ese instante sonó el clásico pitido de whatsapp.                                                                      

Era su amigo Facundo, le preguntaba cómo había despertado esa mañana.                       Juan apretó el botón para mandar mensajes de voz y dijo— ¡Mal! ¡Me bloquearon la cuenta del facebook!—
La noche anterior Juan se unió a más de cien grupos de youtube para promocionar unos videos que había subido.
— Debe ser por unirme a tantos grupos.— dijo Juan y agregó— Pero no importa. Es solo por quince días. ¿Y qué es de tu vida?
Tengo algo muy copado. Te dejo el link, al Google drive, para que lo bajes. Te vá gustar.— Escribió Facundo.
Juan miró el link remarcado en azul. Dudó unos instantes.
— Tal vez sea un virus o un troyano— pensó Juan.
Por fin se decidió y pego el link en el portapapeles. Luego abrió el navegador chrome y lo pegó en la ventana de links.
La barra de carga azul se llenó en unos instantes y apareció el archivo en pantalla:
Evil_App.apk.

Juan recordó ese nombre. Había visto el juego en youtube, se decía que era un juego muy peligroso, que le sucedieron muchas cosas malas a los que lo habían jugado. Inclusive se llegó a decir que una niña desapareció mientras lo jugaba.
— Puros creepypastas— dijo en voz alta. Dio al botón descargar y el archivo se bajó rápidamente. La velocidad promedio era de un megabyte por segundo. 
El Evil App pesaba 66,6 megabyte. Juan tardó 66 segundos en bajarlo a su smartphone.
— ¿Ya lo bajaste?— escribió Facundo en su whatsapp.
— ¿Pero qué porquería mandaste?— dijo Juan por el micrófono.
— Es, un juego buenísimo. Se llama, Evil App— escribió Facundo y agregó— Tenés que probarlo. Es, aterrador. Lo crearon unos rusos y cuando lo quisieron subir al appstore, lo borraron por inapropiado. Yo lo bajé de un torrent que me dieron en la deep web…—
— ¡Uyi La Deep web. ¡Qué, miedo!— dijo Juan y agregó— Mejor, seguí preparando el trabajo de anatomía patológica. El profesor rata no nos vá perdonar una. Chau.
Y cerró el whatsapp.
Juan se levantó de la cama, dio un gran bostezo y fue hasta el baño. Se cepilló los dientes y orinó.
Juan cursaba segundo año de medicina en la universidad de buenos aires. Estaba haciendo unos trabajos para el profesor de anatomía patológica, llamado cariñosamente por ellos profesor rata, debido principalmente al tamaño de sus orejas y los prominentes incisivos de su boca.
Juan y Facundo no habían llegado al cuatro de promedio que necesitaban para salvar la materia. Se habían pasado la mitad del curso en juergas y borracheras; y ahora estaban en problemas. El profesor les había dado otra oportunidad y debían completar varios trabajos prácticos.
— Evil App. ¿Qué, será eso?— Se dijo Juan mentalmente— ¡¡¡No!!! Tengo que terminar el trabajo. El maestro Splinter espera…
Después de escribir varias líneas, Juan se detuvo y miró de reojo el celular que había dejado en la mesa.
— ¡Me rindo! Don rata y su lombriz solitaria, pueden esperar—  
Y tomó el celular. Luego rebuscó debajo de la mesa hasta encontrar una conservadora, sacó una lata de Quilmes y puso los pies sobre la mesa mientras tomaba la cerveza.
Abrió el Evil App. La aplicación se cargó y apareció en pantalla un menú de idiomas. Juan eligió español.
Luego apareció una pantalla donde el creador del Evil App advertía sobre la peligrosidad de la aplicación.
Juan leyó el texto deteniéndose de vez en cuando en palabras como: esquizofrenia, alucinaciones, desmembramientos y lo que te pareció más bizarro; posesión demoniaca.
— Ese karno…es todo un loquillo. Vaya juego que se mandó— dijo Juan.
Juan apretó en el botón aceptar.
En ese instante sintió un fuerte pinchazo en el dedo índice y brotó sangre a borbotones.
Juan dejó caer el celular y apretó con fuerza el dedo. No pudo contenerse más y dio un grito de dolor.
En el suelo la sangre de Juan se escurría por el celular mientras en la pantalla se leía: “Bienvenidos al Evil App”



Facundo salía del baño cuando escuchó el teléfono celular sonando, lo tomó y vio que tenía una llamada de Juan por whatsapp.
— ¿Pero te volviste loco? ¿Qué me mandaste maldito esbirro de satanás? Esa cosa, me dio una patada. Me cortó un dedo y hasta tuve que enyesarlo— dijo Juan enojado.
— ¡Pará! ¡Pará! ¿Cómo que te cortó el dedo? es un programa— dijo Facundo.
— No sé, pero casi pierdo toda mi sangre. Tuve que parar la hemorragia con varias gasas— Respondió Juan.
— Seguro que es tu teléfono. ¿Todavía tiene, esa batería vieja?— Dijo Facundo.
— ¿La que pegaste con el chicle y luego dijiste que le faltaban mil imperios?
Pues, sí…— Dijo Juan sarcásticamente.
— Son, mili Amperios. Y vos fuiste quien se tiró a la pileta con el aparato en el bolsillo.—  Respondió Facundo.
— Está bien. Okey. Si vamos a acusarnos la terminamos acá—  Dijo Juan y agregó— Pero yo todavía, sigo con el dedo roto. Explícame que es esa Evil App.
— Es un juego. Creí que podías hacer gameplays, para tu canal de youtube. Es muy popular, a los pibes les encanta.—  Dijo Facundo.
— ¡Pará! ¡Pará! Primero, explicame de qué se trata, después vemos lo del canal.—
— ¡Juancho!, ¡Podés conseguir muchos subscriptores con esta cosa!
Es un juego, donde vas por la calle y tenés que fotografiar espíritus y fantasmas.—
— ¿y cómo se supone que haga eso?­—
— Por el gps. Vas por la calle y te aparecen los fantasmas. Tenés que fotografiarlos antes que desaparezcan.—
— ¿Y aparecen, de día, también?— dijo Juan sarcásticamente.
—  Tenés que salir fuera de tu casa. Prendé el celular y activalo. Yo te guío.—
Juan movió la botellita con yodo y las gasas y vendas que tenía sobre la mesa.
Había estado limpiándose la herida y con una botella de alcohol quitando las manchas de sangre en la pantalla del celular.
Arrancó un chromebook, se metió en internet y escaneó el código para celulares en whatsapp web. Luego cerró el whatsapp de su celular y volvió al Evil App. En la pantalla del menú leyó que había dos opciones de juego; una para interiores y otra para exteriores.
Eligió la opción para exteriores.
Juan tomó una mochila con varios power bank dentro, el chromebook y puso el celular en modo zona wifi para compartir 4g con el chromebook. Y salió a la calle.
En la pantalla del celular podía vereda de la calle donde vivía totalmente desierta. Debajo de la imagen que mostraba la cámara de su celular se podía ver una barra como de latidos de corazón similar al de los aparatos que registran los pulsos cardiacos.
— ¿Y ahora? ¿Qué tengo que hacer?— preguntó Juan.
 Fijate si tenés cebos. Están dentro del ícono de una mochila.—  Le dijo Facundo por el chromebook.
Juan fijó la vista en una pequeña imagen al costado de la barra, era una pequeña mochila de montañista. Apretó en ella y apareció en la pantalla dieciséis pequeñas casillas, en las cuales había cuatro que contenían objetos. Una de las casillas empezó a pulsar en color rojo. El ítem que contenía era una pequeña botella roja como las de perfume. La botella tenía una etiqueta que decía: invocador de espíritus.
— ¿Qué tengo que hacer con esto?— Preguntó Juan.
 Tenés que lanzarlo al lado tuyo para atraer fantasmas.— Respondió Facundo.
Juan mantuvo el dedo pulsando sobre el invocador un momento, luego lo arrastró hacia una especie de catapulta debajo del menú.
Al introducir el ítem en la catapulta esta cambió de forma mostrando al invocador en el tazón de lanzar objetos. Juan tenía una pequeña palanca a un costado de la catapulta para tensarla, mientras una barra de fuerza subía y  bajaba rápidamente.
Juan tensó la catapulta hasta donde lo creyó adecuado y dio okey en el botón de fuerza. El invocador salió volando por la pantalla, daba vueltas por el aire hasta caer tres metros por delante de él. El objeto se estampó contra el suelo y después de una pequeña explosión de colores, su contenido líquido se esparció por el suelo provocando burbujas y un vapor de color rojo. Luego de unos instantes apareció un pentagrama rojo dibujado en él.
— ¡Bien!, eso atraerá fantasmas. Preparáte para fotografiarlos cuando los veas. Te dan puntos por cada metro de distancia en el que le saqués la foto. Cuando sumás cien, podés comprar cebos.— Dijo Facundo.
— ¡Genial!— Dijo Juan girando el celular en todas direcciones tratando de captar algún fantasma.
Luego de unos minutos la pantalla comenzó a mostrar una especie de onda pulsante de color azul recorriendo la calle de Juan.
— El fantasma, debe estar cerca. Lo que vés es el radar.— Dijo Facundo.
Juan giró el celular en dirección norte y notó que la barra con el pulso cardíaco aceleraba su ritmo.
— Estate atento. Vos dale a la tecla del medio cuando aparezca…debe ser por esa zona.— Dijo Facundo por el chromebook.                                                                                                
Y en efecto, Juan vio acercarse un fantasma por la calle, flotando en medio del aire. Era el espectro blanco de una mujer, vestía un vestido de recién casada con un velo traslucido cubriendo su rostro. Sus ojos eran blancos y su de su boca escurría un líquido verde gelatinoso.
Juan apretó el botón que le indicó Facundo y tomó la foto. El celular vibró y un rectángulo rojo con un pequeño círculo dentro apareció unos instantes en la pantalla.
— Esquivó el disparo. Tenés que darle otra.— Dijo Facundo.
Juan disparó la cámara cuatro veces más hasta que acertó en el espectro a tres metros de distancia. La criatura desapareció desvaneciéndose en el aire. Un rectángulo azul con un pequeño círculo dentro apareció en la pantalla con la inscripción “congratulation”. Al instante en el que un más trece aparecía encima de la mochila de montañista.
Luego de unos instantes apareció una cartilla rectangular con la descripción del fantasma:
Nombre, la llorona. Clase, espectro. Peso, desconocido. Altura, un metro setenta y siete. Hache pe, veinte. Ataque, de cinco a nueve. Conjuros, grito visceral. Resistencia, cruce y estacas. Efectivo, invocación y agua bendita.
En la parte superior de la cartilla se podía ver la foto de la llorona tal como Juan la había captado.
— ¿Qué hago, ahora? — Preguntó Juan.
— Es una criatura resistente a las cruces y estacas. Debés usar agua bendita o talismanes protectores.— Dijo Facundo.
— ¿Dónde consigo eso?—
— Está en la mochila. Fijáte de nuevo.—
Juan fue hasta la mochila y encontró una cruz, dos estacas y una botella de agua bendita.
Juan llevó el agua arrastrándolo hasta unos huecos por debajo de la barra del menú.
— ¿Y cómo sigue esto?— Pregunto Juan.
— El bicho, te aparece por algún lado. Cuando lo tengas cerca, tirale el agua, y después dale duro con el látigo.— Respondió Facundo.
Juan volvió a girar el celular en todas direcciones hasta dar con la criatura. Esta vez la criatura venía desde el noroeste apareciendo detrás de una casa. Cuando estuvo a cinco metros de distancia Juan lanzó el agua bendita con la catapulta dando de lleno al espectro. La llorona se detuvo en seco y Juan aprovechó para dar golpes de taps en la pantalla táctil. Después de veinte taps en la pantalla el monstruo desapareció dando un chillido de dolor.
— ¡No sabía que los fantasmas sentían dolor!— Dijo sarcásticamente Juan.
— ¿Acaso, no conocés a la llorona? ¿Alguna vez viste el chavo?— Le contestó Facundo.
— ¡Ah, sí! ¡¿Dónde están mis hijos?!— Dijo Juan.
— Pues, seguro que no con chespirito. Doña florinda, no tuvo hijos.— Agregó Facundo.

Juan dio una gran carcajada y Facundo lo siguió con otra a través del chromebook.
— La llorona, dejó caer algo en el suelo.— Dijo Juan.
— Andá y agarralo. Debe ser algo importante.— Respondió Facundo.
Juan se acercó al objeto tirado en el suelo; era un velo blanco.
— ¿Para qué será?— Se preguntó Juan.
Luego se agachó y recogió la tela del suelo. En ese instante una mano blanca se asió de su antebrazo. La llorona salió por debajo del suelo dando un grito. La criatura apretó con fuerza el antebrazo, pero Juan pudo zafarse y correr despavorido por toda la cuadra.
Se detuvo exhausto después de correr diez cuadras, la risa socarrona  de Facundo sonaba desde el whatsapp.
— ¡Hijo, de tu mamá! ¡Me la hiciste bien! ¡Ya vas a ver!— Le dijo a Facundo.
— ¡Ja,jaj! ¡Tenés que ver como corriste! ¡Parecías Husaín Volt!— Respondió Facundo.
Juan empezó a reír pero al voltear hacia la calle la risa se le transformó en una mueca de horror.  Por la calle desde donde había llegado corriendo, se acercaba la llorona arrastrándose por sus manos y pies. Gritaba algo que Juan entendió como: ¡quiero a mis hijos!









Asustado Juan creyó estar sufriendo una alucinación, se refregó los ojos con las manos varias veces pero la criatura seguía allí; acercándose.
— ¡FACU! ¡LA! ¡LLO! ¡LLORONA! ¡LA LLORONA!— Dijo Juan con voz temblorosa.
— ¿Qué pasa con la llorona?— Dijo despreocupado Facundo.
— ¡E-está viniendo hacia acá?—
— ¡Golpeála con tu carterIta!— Respondió sarcásticamente Facundo.
— ¡No jódas! ¡Esa cosa viene para acá!— Gritó Juan, mientras Facundo se reía por whatsapp.
— Entonces, metéle una patada. ¡Qué sé yo!— Respondió Facundo.
La llorona se arrastró hasta Juan dando terribles chillidos, como si fuese una bestia.         Juan tomó un ladrillo partido por la mitad y se lo arrojó en la cara. El ladrillo estalló en el pómulo izquierdo de la criatura. Pero no le hizo ningún efecto. Entonces agarró una rama caída del suelo y empezó a golpear en la cabeza de la criatura. Agudos chillidos salían de la boca de la llorona pero los impactos de la rama no le hacían nada.
La criatura se asió de la rama y empezó a forcejear con Juan, su fuerza era impresionante. Juan era sacudido de un lado a otro como si se tratase de una pluma. Temiendo ser arrojado al suelo empezó a darle patadas en la cara a la criatura. Con tanta mala suerte que la llorona lo agarró por una de sus zapatillas.
Forcejearon unos minutos hasta que Juan pudo quitarse el calzado. Y luego de soltar la rama, correr desesperado por la acera.                                                                              

Juan cojeaba a causa de tener un solo lado de la zapatilla, pero la adrenalina de la situación le estaba dando alas en los pies. O eso pensaba. Pues ya no sentía nada de la cintura para abajo. Juan estaba paralizado del miedo.
La criatura lo seguía detrás gritando y gimiendo. Juan se repetía mentalmente que esto no le podía estar pasando, justo a él, justo en ese momento. Corrió varias cuadras sin ver una sola persona por la calle. Trató de abrir varias puertas al paso pero no tuvo suerte, al final desistió en seguir con la idea de abrir puertas pues solo acortaba el trayecto entre él y la llorona.
Al dar vuelta una esquina vio una tapa de alcantarilla abierta y se le ocurrió una idea.
Dio toda la vuelta a la manzana con la criatura detrás, para luego llegar nuevamente a la alcantarilla y empujar la pesada tapa de acero hasta abrirla. Solo consiguió moverla unos centímetros y tuvo que volver a realizar lo mismo varias veces. A la cuarta vez logro destapar la alcantarilla con sus últimas fuerza. Se alejó unos metros del agujero y esperó a que la bestia pasara por allí.
— ¡Caéte dentro! ¡Criatura endemoniada!— Dijo Juan.
La llorona llegó gritando y emitiendo quejidos lastimeros. Juan volvió a retroceder hasta tocar el asfalto de la calle con uno de sus pies.                                                                 
La criatura llegó hasta la alcantarilla pero justo antes de caer dio un gran salto para luego caer a un costado de Juan. Él se echó a correr cruzando la calle. La llorona lo siguió por detrás. Cuando logró cruzar la calle escuchó unos chirridos de neumáticos detrás suyo, y al voltear vio un colectivo embistiendo a la criatura.
La llorona rodó por debajo del colectivo, su cuerpo fue golpeado y zarandeado por las cuatro ruedas del vehículo. Y cuando apareció por detrás de la carrocería ya no tenía los brazos, ni las piernas.
La criatura trató de levantarse, pero un auto que venía por detrás del colectivo le aplastó el cráneo con su rueda, esparciendo una masa verde y gelatinosa por el asfalto.
Juan se quedó paralizado por un momento, no podía creer lo que estaba viendo.
El conductor del colectivo y varios pasajeros se bajaron para ver lo que estaba ocurriendo, lo mismo hizo el conductor del auto y su acompañante.




En ese momento Juan reaccionó y corrió por la calle golpeando puertas y pidiendo ayuda. Llegó hasta una puerta de color azul y al golpearla se abrió. De su interior apareció Facundo sosteniendo una taza de té en sus manos.
— ¡¿Facu?! ¡¿Qué hacés acá?!— Le dijo Juan conmocionado.
— Yo vivo acá… ¿Y vos? ¿Qué haces acá?— Respondió Facundo.
— ¡No sé! ¡Vas a creer que estoy loco! ¡Pero la llorona! ¡La del Evil App…
 — Si, ya sé…cuando te asustaste...— Dijo Facundo.
— ¡No! ¡No es eso! ¡La llorona me siguió! ¡De verdad!— le interrumpió Juan.
— ¿Estás en pedo otra vez? ¿Cuantas te tomaste? ¿Dos? ¿Tres?— Preguntó Facundo.
— Tres –
— ¿Latas?—
— Litros… ¡Era el desayuno!— Dijo Juan exasperado.
— ¡Ay Juan!  Sos un alcohólico empedernido. Tu vicio ya te hace ver alucinaciones. Vamos para el sofá que te hago un té de tilo…—
— ¡Pará! ¡Pará! Tengo que ir al baño. Mis esfínteres ya no aguantan más...— Dijo Juan corriendo hacia el baño.
— Bueno…vos te lo perdés...— Dijo Facundo sacando una petaca de wisky y agregándolo al té. —  Vos te lo perdés...—
Cuando Juan terminó de discutir con sus esfínteres tuvo otra pelea mayor con su estómago, este le arrojó los platos y la cena del día anterior.  Cuando todo fue volcado en su sitio, Juan estiro la cadena y el conjunto escurrió por el inodoro. Se levantó mareado por el esfuerzo realizado y abrió la canilla del lavador. Luego de limpiarse las manos se enjuagó la cara. Al levantar la mirada vio a una niña reflejada en el espejo.
Asustado dio un respingo. Luego volteo rápidamente y observó que solo era la imagen de un poster. Calmado, Juan recorrió el poster con su mirada. Algo oscuro y siniestro se arremolinó en su interior.





En el poster había escrito una palabra: Sara.
En ese instante Facundo llamó a la puerta preguntándole si se encontraba bien.
Juan abrió la puerta y le pregunto a Facundo.
— ¿Quién es Sara?— Dijo Juan.
— ¡Ah, viste el poster!— Dijo Facundo.
— ¡Esa cosa…¡Es diabólica!—
— Es sólo un juego. Esas cosas no existen.—
Juan desesperado se llevó la mano hasta la cabeza. Facundo empezó a preocuparse por su amigo.
 ¿Te acordás lo que nos dijo el profesor de siquiatría?
Eso, que después de desintoxicarnos, podíamos tener alucinaciones… y delírius tremis.—
 Delírius tremens…— Le corrigió Facundo.
 Pero no tiene sentido… Yo no dejé el chúpi. Solo bajé las dosis y dejé la parranda.—
 Por ahí, te está agarrando el síndrome de abstinencia…— Dijo Facundo.
 ¡No! ¡No puede ser! ¡Fue todo, tan real! Si no me creés, podés ir hasta la esquina. ¡Ahí está el cadáver de la llorona! ¡El sesenta y seis, se la llevó puesta!—
Facundo dudó unos instantes, hasta que finalmente salió a la calle. Antes de irse le dijo a Juan que cerrara y trabara la puerta. Después de un cuarto de hora regresó nervioso.
 ¿Y? ¿Qué fue lo que viste?— Preguntó Juan.
 No sé… había mucha gente. Pusieron una valla y taparon todo con un plástico negro.—
— ¡Te lo dije!— Grito Juan.
— No sé. Mirá. Dicen que una abuela estaba cruzando la calle y la atropelló un auto.
Por ahí, es verdad lo del atropello…pero te alucinaste, lo de la llorona.—
— ¡Pero estoy diciendo la verdad!—
— Okey. Está bien. Te creo. Ahora, andate a dormir que mañana seguimos con el trabajo práctico.—
— ¡Yá,ya!— Respondió Juan agachando la cabeza y moviendo las manos a un costado.
Juan durmió como un niño esa noche, al día siguiente solo recordó haber soñado con algo blanco expandiéndose en su mente hasta desaparecer.
Despertó con migrañas en su cabeza, le pareció como si algo le hubiese arrancado una parte de la cabeza. Facundo le convidó un café en el desayuno y luego de un rato los dos se sentaron en el sofá a ver netflix.
— ¿De qué trata la serie?—  Preguntó Juan tomando un par de maníes en sus manos.
— Es sobre un profesor de química que descubre que tiene un cáncer terminal. El viejo se re-pira…y para dejarle plata a su familia empieza a vender metanfetamina.
—Dijo Facundo comiendo maní salado de un tazón.
Juan y Facundo vieron el capítulo entero y luego el siguiente. En la serie, Eisenhower debía de preparar cuatro libras de metanfetaminas para un narcotraficante llamado tuco, algo costoso y muy difícil de hacer, para lograrlo termina modificando la receta original de la droga y esta adquiere un color azul.
— Es genial. Ese Eisenhower es un re-capo. Reemplazó la quetamina por melamina, y la merca se volvió azul...— Dijo Juan.
— Sí. Y el sombrero para tapar la pelada estuvo buenísimo.— Respondió Facundo.
¿Qué tal, si probamos hacer merca?— Dijo Juan. Facundo se atragantó con la cerveza y luego empezó a reír.
 ¿Estás loco, vós? Nos pueden meter en cana. Sería todo un quilombo. Si querés guita… ya sabés lo que tenés que hacer…— Facundo miró hacia Juan giñando el ojo de forma cómplice.
 Otra vez eso. Ya te dije que no pienso volver a jugar con esa cosa. No sé si fue una alucinación, pero no me gustó nada lo que pasó.—
 Dále. Ya tengo el lugar y todo. Vos solo vas a hacer de presentador. Yo me encargo de todo.— Dijo Facundo.
 No sé. Ya me metiste en algo jodido la primera vez. ¿Cómo puedo confiar en vós otra vez?— Dijo Juan ladeando la cabeza.
 Mirá. Ya tengo todo planeado. Alquilé diez cámaras, un grupo electrógeno, y hasta una consola de sonido. Solo necesito que me hagas un favor… que seas el presentador en youtube.— Dijo Facundo.
— ¿Estás loco? ¿De dónde sacaste tanta plata para comprar esas cosas?— Preguntó Juan.
 Ahorros, vendí mi riñon… la camiseta que nos firmó el barsa…— Dijo, y sorbiendo un trago de cerveza agregó—  Puras pavadas…—
— ¡¿QUE HICISTE?! ¡¿QUÉ?!— Gritó Juan.
 No es para tanto. Es una inversión segura. Además, solo alquilé el equipo. No lo compré. Con lo que sobró, soborné al sereno del hospital y me compré una faja para quemar grasas. Mirá...— Dijo Facundo levantándose la camisa.
— ¿Y para qué sirve eso?—  Preguntó Juan.
 Son para tonificar los abdominales… venían de oferta con el Go Pro –Respondió Facundo.
 ¡Qué porquería! ¡Por esa cosa vendiste mi camiseta!—
— Ejem…nuestra camiseta querrás decir. El que te metió en los ductos de ventilación, fui yo. Y me costó carísimo conseguir los planos del estadio...—
 ¿Pero qué decís? Si yo tuve la idea de ponerme esa barba y decirle a messi que era un refugiado sirio. Si nó, ni en pedo salía vivo de ahí.—
 Bueno, está bien. ¿Me vas a ayudar o no?—
 ¿Y qué alternativa me dejás?—  Preguntó Juan y agregó—  ¿Dónde está el lugar?—
 es, un manicomio abandonado, sobre la ruta once… Es perfecto para el video… así que cancelá todo lo que tenés que hacer el viernes por la noche… que ese día comenzamos.—
Juan miró a Facundo proyectando una mirada de odio y rencor.

Juan pasó la semana haciendo el trabajo práctico de anatomía patológica, mientras Facundo le enviaba mensajes para organizar la quedada de ese viernes por la noche.
 La semana pasó sin sobresaltos, y el día convenido Facundo fue a recoger a Juan en su auto. Juan subió al auto con una mochila y una cámara digital.
— Voy a grabar la ida. —  Le Juan dijo a Facundo. —  A la vuelta hablamos un rato en cámara. —




En el trayecto, mientras Juan grababa con la cámara,  Facundo le dio unas hojas con el guion del programa. Juan lo leyó detenidamente hasta el final del trayecto.
Luego de una hora de viaje, Facundo desvió el auto por un carril secundario y se internó por una calle con asfalto gastado y semiderruido.
El auto daba tumbos cada vez que pasaban por un bache, distrayendo a Juan de su lectura.
—Ya llegamos— dijo Facundo, deteniéndose enfrente de un portón de hierro.
Las luces del auto alumbran el oxidado portón del cual pendían varias enredaderas, mientras que una placa de bronce ennegrecida se leía: sanatorio de salud mental. Por detrás de las rejas se veían los primeros destellos de una inminente tormenta en el horizonte.





Facundo se bajó del auto y fue hasta el portón, tiró de las herrumbrosas cadenas y estas cayeron al suelo. Luego trato de correr las puertas del portón a un lado para abrirlas de par en par. Cada vez que empujaba el portón los oxidados goznes emitían un chirrido atronador que retumbaba por todo el lugar.
Facundo logró abrir el portón de par en par y llegó al auto totalmente exhausto. Subió al asiento del conductor y puso en marcha el vehículo. Avanzaron quinientos metros por un camino de asfalto en medio una oscuridad atroz, apenas alumbrada por las luces del auto.
El monte a los costados del camino era tupido y el cielo nocturno se encontraba cerrado, brillando de vez en cuando por un relámpago de la tormenta que se veía venir a lo lejos.
El auto terminó su accidentado recorrido doblando en un recodo. Los faros alumbraron un viejo edificio que parecía estar a punto de venirse abajo. El lugar se encontraba totalmente abandonado, había muchas ventanas rotas y varias secciones del edificio estaban derrumbadas.
Juan fijó su vista en una ventana que parecía tener luz, luego volteó hacia Facundo al darse cuenta de que solo era el reflejo de las luces del auto contra un espejo de pie caído contra la ventana.
Facundo detuvo el auto enfrente del hall de entrada.
Bueno, acá terminó el paseo, ayudame a bajar las cosas— dijo.
Los dos fueron hasta el maletero y bajaron varias cajas plateadas. Facundo sacó del fondo del maletero un carrito para llevar las cajas, las alzó encima con la ayuda de Juan y las llevó hasta la entrada.
Las luces del auto se reflejaban en los vidrios de la puerta e iluminaban el hall interior. Facundo tomó un ladrillo que se había caído de los pisos superiores y lo estampó contra el vidrio. El impacto no le causó ningún rasguño.
— Lo que me temía… Blindexs— dijo Facundo.
— ¿Ahora, cómo hacemos para entrar?— dijo Juan.
Facundo movió la manija de la puerta hacia abajo y esta hizo un sonoro ¡clack!
— Está abierta…—  musitó Facundo.
Juan y Facundo entraron dentro arrastrando las pesadas cajas. Facundo encendió una linterna led alumbrando el lugar. Encontraron la mesa del recibidor vacía, con algunas carpetas tiradas y varios teléfonos desconectados, cubiertos de polvo.
Limpiaron el polvo de la mesa con trapos repasadores y colocaron una notebook encima. Facundo tardó media hora en armar las diez cámaras con sus trípodes y conectarlas a la notebook. Por último conectó una consola de sonido al aparato y se dio por satisfecho.
Casi me olvido. Dijo. Arrastró una de las cajas hasta la mesa y sacó un grupo electrógeno de dos kilowatts, le instaló una ficha para varios enchufes y a estos conectó ocho reflectores leds.
— Por las dudas— dijo Facundo.
— ¿Para qué son las cámaras?— preguntó Juan.
Para captar sucesos paranormales— dijo Facundo mirando el monitor de la notebook. En la pantalla se veían diez pequeños recuadros con las imágenes que captaban cada cámara.
— ¿Estás seguro de hacer esto?— preguntó Juan haciendo una mueca.
— No te preocupes. Lo tengo todo bajo control.— respondió Facundo y agregó—¡Pásame el chromebook!—
— Está en el auto. Voy a buscarlo.—  dijo Juan.



Juan salía del hall en el momento en el que unas gotas de lluvia caían del cielo. Avanzó hasta el auto alzando la vista por un instante hacia el oscuro cielo, las luces del auto empezaron a fallar y amagaban con apagarse.
— Seguro que las baterías son viejas… — pensó Juan, mientras volteaba la cabeza hacia los lados buscando en la oscuridad alguna alimaña que lo pudiese atacar.
Llegó sigilosamente hasta la puerta trasera del vehículo y revisó el asiento trasero buscando una mochila. Al dar con ella salió del auto y empezó a caminar nuevamente hacia el edificio.
En ese momento se sintió una opresión en el ambiente. Por un instante Juan creyó ver una sombra moviéndose en el bosque. Agudizó la vista pero no pudo ver nada. Luego dirigió su mirada hacia el edificio iluminado por las luces del auto, en una ventana vio a una niña mirando por la ventana. Las luces se apagaron. Un relámpago iluminó y Juan pudo ver la figura de la niña unos instantes hasta que la luz se disipó.
El edificio quedó a oscuras.
Se escuchó unos golpeteos y el sonido de un motor en marcha. Unas desde el hall cegaron a Juan.
— ¡Te lo dije! ¡Mejor prevenir que curar! — Se escuchó gritar a Facundo desde el interior.
Juan dio gracias al cielo por la idea de su amigo.
— ¡Entrá antes que llueva! — le gritó Facundo.
Juan se acercó hasta las puertas del edificio con la mochila sus espaldas. Cuando estuvo a unos metros de la entrada una ventana del cuarto piso estalló en pedazos y un espejo de pie salió despedido por él.
Juan alzó la vista y vio el espejo cayendo. A último momento rodó a un costado esquivándolo. El espejo cayó al suelo partiéndose a la mitad, su parte inferior se hizo añicos contra el suelo.
Desde el suelo Juan miró unos instantes el espejo, conmocionado. Luego se levantó y se acercó lentamente hasta él. Pudo ver que su parte superior no estaba rota y que el cristal solo tenía algunas rajaduras.
Al mirar a través del cristal pudo ver el reflejo de la niña. La chiquilla no tenía ojos, su piel era blanca y pálida. La mitad de su cara y cuero cabelludo estaban marcadas con cicatrices de quemaduras.
La niña extendió un brazo tratando de agarrar a Juan. Él retrocedió asustado.






— Juan, ¿estás bien?— Dijo Facundo.
— Lo, lo, ¿lo viste?— Le preguntó Juan aterrado.
— ¿Qué cosa?— Dijo Facundo.
— ¡El espejo! ¡La cosa del espejo!— Grito Juan.
— ¡¿Otra vez en pedo?!— Dijo Juan y agregó—  ¿Qué fuiste a hacer al auto? ¿No te habrás bajado una petaca?
¡Vi algo tarado!— le gritó Juan exasperado.
Bueno, bueno. Vamos para adentro que llueve.— respondió Facundo.

Facundo ayudó a Juan a pararse y lo llevó hasta el edificio. En ese momento empezó a llover torrencialmente. En pocos minutos, el aguacero hizo que varias partes del hospital se inundaran y que el agua se filtrara en el hall principal por goteras de todo tipo.
Facundo tuvo que improvisar una carpa con un viejo gacebo para que los equipos no se mojaran.
Unas gotas de agua que se filtraron por el techo cayeron sobre Juan sacándolo del estado de embotamiento en el que se encontraba. Se refregó el agua por el antebrazo de su camisa y le preguntó a Juan como estaba la situación.
 — Pésimo. Solo nos quedan dos horas de luz y con esta lluvia no creo que venga gente—  Respondió.
— ¡Gente! ¿Qué gente? — Le preguntó Juan asombrado.
— Bueno, mirá…Te lo estaba por decir… Pero como sabía que te ibas a enojar…— dijo Facundo.
— ¡Invitaste más gente!— Le gritó enojado Juan.
— Era una sorpresa…se suponía que ellos nos iban a ayudar con el equipo.— Respondió Facundo.
— ¡No podés ser más estúpido!— le gritó aún más fuerte Juan.
— Pero no te preocupes. Que llamo a Cucaracho, y le digo que no venga.— dijo Facundo.
— ¿Qué tiene que ver Cucaracho con todo esto? No me digas, qué…—





Se escuchó un par de ruedas rechinando a lo lejos. Dos luces alumbraron el hall principal.
— Sí… Sí, te digo...— Agregó Facundo.
Una camioneta avanzaba descontrolada en la oscuridad virando de izquierda a derecha.
— Debe estar en pedo. Otra vez...— Dijo Facundo.
La camioneta avanzó a toda velocidad hasta llegar al hall. Embistió la puerta de blindexs sacándola de cuajo y se introdujo en el hall. Detuvo su marcha chocando contra una columna del edificio. El impacto desmoronó parte del piso superior sobre el motor de la camioneta, llenándolo de escombros.
La puerta de la camioneta se abrió cayéndose al suelo. De su interior apareció un hombre corpulento y bastante gordo. Vestía una camisa de leñador roja a cuadros, un pantalón militar de camuflaje y unos borceguís negros. Unos anteojos negros completaban el look.
— ¡Frany! ¡Ya vine!— Dijo el hombre totalmente borracho.
— ¿Otra vez pedo, Cucaracho?— Le preguntó Facundo.
— Solo le dí unos tragos, como me dijiste…— Respondió Cucaracho tambaleándose.
— ¡No! ¡No! ¡Y no! — Facundo ladeó la cabeza haciendo un gesto de desaprobación.
— Esh que sobró cerveza…y además no me alcanzó la plata para las bitches… ¡Pero no te preocupes! ¡La mercancía está intacta!— Dijo Cucaracho destapado una lona mojada de la parte trasera de la camioneta. Diez barriles brillaron a la luz de los reflectores.
— ¡Te dije que solo trajeras tres barriles!— Gritó Facundo.
— Y por qué no me lo explicaste antes… ¿Y ahora qué hago con la pizza?— Dijo Cucaracho.
— ¿Pizza? ¿Qué pizza?— Preguntó intrigado Facundo.
— ¡Cómo que “qué pizza”! ¡Las veinte pizzas que encargué! ¡No vamos a estar chupando con el estómago vacío!— concluyó Cucaracho.
Se escuchó el sonido estridente de una moto avanzando en medio de la lluvia. Una moto apareció en medio de la oscuridad hasta detenerse en la entrada del hall, debajo de una pared semiderruida del segundo piso.
Un chico flaco y desaliñado bajó de la moto ataviado con un rompeviento amarillo. Se sacó el rompeviento y lo sacudió a un costado.
El chico usaba una camiseta blanca con una imagen de kurt Cobain, unos jeans rotos y unas zapatillas Convers. Se quitó el casco, mostrando la mitad de su cabeza rapada y la otra con unas rastas teñidas de verde. Fue hasta la puerta del hall y llamó dando pequeños golpes en la puerta de blindexs. La puerta cayó hacia dentro estampándose contra el piso. El chico se quedó mirando la puerta unos momentos, preguntándose si se había mandado una macana, hasta que alzó la vista y vio a tres hombres dentro del hall.
Cuidadosamente se introdujo dentro del edificio, esquivando la puerta.
— Hola soy Germán—  dijo el chico.—  ¿Alguien encargó veinte pizzas?—
Yo, yo…— Dijo Cucaracho levantando las manos.
— Son 1600 pesos, más propina— Dijo Germán.
Cucaracho se tocó los bolsillos del pantalón y la camisa. Al no encontrar la billetera se pasó la mano por la espalda y se bajó los pantalones para seguir buscando.
Germán incómodo, miró hacia los techos del hall mientras decía—  Que lugar más copado… ¿Ustedes lo están remodelando?—
— No. Estamos haciendo un ritual satánico. ¿Querés participar como víctima?— Respondió Juan.
Germán lo miró asustado.
Facundo rio a carcajadas y le palmeo la espalda.
— En realidad, estamos filmando una quedada para youtube.—
— ¡Uff! ¡Qué alivio!— Dijo German.—  Yo también participé en exploraciones urbanas y varias quedadas…—
Cucaracho se subió la cremallera de los pantalones y dijo.—  Uuuyyy… ¡Me olvidé la billetera cuando estaba cagando en el baño! ¡La puta madre!—
— Yo no traje dinero — Dijo Facundo.
Cucaracho, Facundo y German miraron hacia Juan.
— Solo traje mi tarjeta de crédito.— Dijo Juan.
— No importa. También aceptamos tarjeta de crédito…— respondió Germán.
Juan revisó su mochila y sacó una tarjeta visa del interior. Se la dio a Germán y este llamó al local por su teléfono celular.                                                                                  
Después de unos minutos German le devolvió la tarjeta y dijo—  Ya está. El ticket se lo enviamos a su domicilio cuando hagamos la transferencia bancaria.—
— No te hagás drama, Juan, Vos cárgalo a mi cuenta…— Dijo Facundo.
— ¡Están buenísimas! ¡Porqué no probás una!— Dijo Cucaracho comiendo una porción de pizza.
— No tengo apetito…y ahora…ni guita— Respondió Juan y agregó— ¿Y qué vamos a hacer con tantas pizzas?
Cucaracho y Facundo se miraron.
Veinte minutos después Cucaracho salía tambaleándose de una habitación, llevaba un casco con una cámara Go pro adosado a la cabeza.
— Ya está, ya puse todas las cámaras. Espérenme…enseguida voy por el chupi…— Dijo Cucaracho.
Facundo miro a otra cámara mientras Germán colocaba un trípode.
— Yá está maestro…ojalá la propina sea buena…—




Facundo se colocó un casco con el go pro y le dijo a Juan.— Vos esperame por acá, que coloco estas dos que me quedan.—
Agarró dos cámaras y dos trípodes bajo el brazo. Desapareció de la vista de Juan subiendo las escaleras del segundo piso. En la pantalla del monitor se podía ver las ocho cámaras instaladas por Cucaracho y German. Pasaron quince minutos y German llego por una puerta del pasillo.
Dijo.— ¿Y qué onda? ¿Todo bien?—
—Todo bien…solo falta que Facundo coloque las últimas cámaras…—Respondió Juan.
—Te quería hacer una pregunta ¿Vos sos el youtuber que se llama, Mospeda Cloud?—Dijo German.
—Sí. Ese soy yo.—Contestó Juan.
—¡Qué copado! ¡Ya decía yo que conocía tu cara!—Dijo German.
—Estoy ayudando a un amigo. Pero con esta lluvia, no creo que podamos hacer mucho.— Respondió Juan.
—Juan, me escuchás…—Dijo Facundo por un handi.
—Si, te escucho. Decime.—Dijo Juan.
—Ya está lista la cámara. Empezá a grabar cuando te avise.—
—Cucaracho no apareció todavía.—
—No te preocupes…yo lo encuentro.—
Diez minutos después los dos se encontraban en el hall de entrada, reunidos junto a Juan y German.
—Bueno, está todo listo.—Dijo Facundo.— Ahora, solo hace falta voluntarios para las gafas de realidad virtual.—
Juan y German se miraron.
—Yo, yo…—Dijo Cucaracho levantando una mano mientras sostenía un pedazo de piza en la otra.— Vos dame esa garrafa que yo la subo hasta la punta del empire state…
—Genial—Dijo Facundo.
—Yo también puedo ir. Pero déjame una buena propina…—Dijo Germán.
Luego de mostrar unos planos del hospital a Germán, Facundo le colocó las gafas de realidad virtual a Cucaracho.
—¡Wow! ¡Se ve todo como en una película de Joliwud!—Dijo Cucaracho rascándose el ombligo.
—Vos solo seguime. Que yo te digo lo que tenés que hacer.—Respondió Facundo.
—¿Qué juego van a jugar?—Preguntó Juan.
—Uno nuevo. Ya te lo digo… no seas impaciente...—Dijo Facundo. Sacó el celular de su bolsillo y abrió la aplicación Evil App.
Facundo desplegó el menú de juego.
Dijo en voz alta.— El juego de Sara… no. La llamada del diablo… tampoco. La hija... ¡Ya lo tengo! ¡Vamos a jugar a...—
Facundo toco una tecla al costado del nombre del juego y una voz dijo.
—VERÓNICA. LA HIJA DEL DIABLO.—
En ese instante un relámpago iluminó el hall de par en par. Juan sintió un mal presentimiento…





El agua de la lluvia escurría por las escaleras, adentrándose en la oscuridad del manicomio.
La lluvia penetraba por varias ventanas rotas y por los pisos superiores que se habían desmoronado. El agua creaba grandes charcos, y estos a su vez se filtraban por los techos hasta caer en el hall principal.
Juan temió por un momento, que toda el agua acumulada derrumbase el edificio de un momento a otro.
En el monitor de la Notebook que Juan tenía enfrente suyo, se podía ver a Facundo caminando por una oscura habitación con las gafas de realidad virtual puestas.
Facundo movía el visor de realidad virtual hacia varios lados de la habitación, mientras decía—¿alguien ve algo?
—No…no hay nada por acá.— Dijo Germán.
—En las cámaras no se ven nada…—Contestó Juan.
—Por acá tampoco…—Dijo Cucaracho y agregó—Salvo por esa pendejita medio rara que está en la esquina del cuarto—
—Cucaracho, quédate quieto… ¿Decime dónde estás? —Dijo Facundo.
En las gafas de Cucaracho se podía ver a una niña de doce años, sentada en el piso dibujando sobre un cuaderno con dibujos. A un costado de la niña había unas tijeras de peluquero. Cucaracho se acercó tambaleándose hasta la niña.
—¡Eh! Piba, ándate a tu casa que ya cerramo. Podés venir mañana con tus papis, si querés… —Dijo Cucaracho.
—Chiquita…—Dijo Cucaracho tocando a la niña por el hombro.
La niña estiró un brazo hacia adelante, lo giró varias veces hacia los costados haciendo crujir sus huesos, para finalmente acabar torciéndolo hacia abajo.
La niña toco la mano que Cucaracho había colocado en su hombro, con el brazo dislocado. En ese instante, Cucaracho sintió una corriente helada subiendo por su espalda y notó la presencia de la niña detrás suyo.
Una voz le susurró al oído.—¡Tú me llamaste! Ahora vamos a jugar…—
La niña tomó las tijeras, mientras apretaba fuertemente las manos de Cucaracho haciéndole gritar de dolor. Alzó la tijera en alto y apuñaló el cuaderno de dibujos.
Se abrió un gran agujero en medio del cuaderno, brotando tinta negra a borbotones. Una quemadura en forma de cruz, apareció en el antebrazo de Cucaracho produciéndole un gran dolor.
La niña apuñaló el cuaderno varias veces más, hasta embadurnarlo de tinta negra. Otras cruces aparecieron por el brazo de Cucaracho, y este no aguantando más, gritó de dolor.
La niña soltó la mano de Cucaracho, dejándole varias marcas rojas de sus dedos. Luego se paró de espaldas a Cucaracho, y torció su cabeza hasta descolocarla, mirando hacia Cucaracho. Cucaracho pudo ver la pálida cara de la niña. No tenía ojos, algo o alguien se los había arrancado. Su piel era blanca y llena de pequeñas venas reventadas. Su cara estaba quemada por la mitad, al igual que su cuero cabelludo.
Una risa diabólica surgió del interior de su negra y oscura boca.
La niña dobló su cuerpo por la mitad, y se arrastró por el cuarto sosteniéndose por sus manos y pies. Saltó hacia una pared y subió al techo como si fuese una araña. Luego desapareció, introduciéndose en el interior de un pequeño agujero que había en la pared.
—La-la nena… —Dijo Cucaracho asustado.
—No es real, es un programa de computadora…—Respondió Facundo.
—¡Pero me quemó el brazo!—Dijo Cucaracho indignado.
 —Es solo tu avatar, no te va a pasar nada…sos un cagón…—Dijo Facundo.
Cucaracho le lanzó todo tipo de insultos a Facundo, mientras este se reía a carcajadas.
Al otro lado del edificio, Germán alzó la vista con sus gafas de realidad virtual, y vio a la niña pasar por la puerta del cuarto donde se encontraba.
—Chicos, esa nena pasó por acá…—Dijo Germán.
—¡Seguila!—Contestó Facundo.
—¡Voy! ¡Voy!—Dijo Germán corriendo hacia la puerta.
Al llegar al dintel, vio a la niña doblando por un recodo dirigiéndose hacia las escaleras.
—¡Vá para el tercer piso!—Dijo Germán.
—¡Voy para allá!—Dijo Facundo.
—Sho también voy…a esa pendejita voy a darle unos buenos cintarazos.—Dijo Cucaracho.






Facundo subió por las escaleras hasta el tercer piso. Los pasillos del edificio de cuatro plantas, se encontraban sucios, desordenados y totalmente a oscuras.
Facundo recorría los pasillos alumbrándolos con una linterna led de alta potencia. Finalmente llegó hasta un pasillo angosto cubierto de polvo, donde varias camillas oxidadas cortaban el paso.
Alumbró con la linterna el lugar, y pudo ver que al fondo del pasillo la pared se había derrumbado, volcando un estante vacío del piso superior.
Facundo avanzó esquivando las camillas y varios trastos desparramados por el piso. Pasó al lado de un agujero lleno de basura en medio de una pared, y al cruzarlo varias ratas salieron despavoridas de su interior. Una gota de agua cayó sobre su cabeza, mojando la pantalla de su gafa de realidad virtual. Facundo la limpió con la manga de su camisa y siguió buscando a la niña por el lugar.
La pantalla de las gafas mostraba una barra de latidos en la parte inferior, y una especie de pulso azul recorriendo el lugar donde se enfocaba la cámara. Al pasar la vista por una puerta arrancada, los latidos empezaron a crecer en intensidad.
Facundo pudo ver a la niña saliendo de la puerta y cruzando el pasillo, hasta internarse en otra habitación. Facundo fue corriendo hasta allí, y lentamente se asomó por el dintel de la puerta. Alumbró el interior de la habitación, pero no vio a nadie. Se introdujo en el interior del cuarto y recorrió cada recodo a la luz de su linterna led.
En el pasillo se escuchó un golpe contra las camillas metálicas. Luego se escuchó el rechinar de unas ruedas avanzando por el pasillo. Facundo creyó por un momento que alguien se acercaba andando en sillas de ruedas. Pero luego lo desestimó, al darse cuenta que el sujeto se golpeaba torpemente contra las camillas al avanzar.
Un relámpago alumbró por un momento el pasillo, proyectando la sombra de un hombre corpulento, arrastrando algo que a Facundo le pareció un hacha gigante
Facundo retrocedió unos pasos, tomando un viejo caño de hierro del suelo.
—Por si acaso.— Pensó.
La figura del hombre se acercó más y más, hasta que paró en seco a unos pasos del dintel de la puerta.
Facundo alumbró el dintel de la puerta al momento en el que el hombre corpulento lo cruzaba.
—¡¿Cucaracho?! ¡¿Qué haces acá?!—Dijo Facundo.
—Hola, Facu. Mirá, este juego ya me tiene los huevos por el piso. Así que me saqué los anteojos. Y cuando ví a la pendeja, vine para acá…—Contestó Cucaracho,  arrastrando un carrito con un barril de cerveza encima.
—¡¿Pero qué haces arrastrando esa garrafa de gas?!—Preguntó Facundo.
—No es una garrafa…encontré unos tubos de oxígeno y le metí encima del carrito un barril de cerveza —Contestó Cucaracho, mientras tomaba cerveza desde una manguera conectada al barril que llevaba el carrito.—No voy a ir por ahí con el marote seco… ¿Querés probar?...está buenísima…
—Sos un borracho de cuarta…—Dijo Facundo y agregó.—Parece que te vás a morir si no le dás al chupi…
—Y qué querés todo es culpa de la sociedad…—Contestó Cucaracho restregándose la cerveza de la cara con la manga de su camisa.
—Sí, sí. Decime una cosa ¿Cómo hiciste para llegar hasta acá sin las gafas? Esto está más oscuro que la cueva de batman— Dijo Facundo.
—¿Batman? No conozco a ese señor…y ya te dije que seguí a la mocosa esa…andaba caminando por el pasillo cuando la ví… y me mandé de una…—Respondió Cucaracho.
—Otro que alucina como Juan ¿Pero cómo hiciste para verla si no tenés las gafas?—Preguntó Facundo y agregó.—Ustedes dos deberían ir a contar sus alucinaciones a los de alcohólicos anónimos…—
—¡Qué alucinaciones, ni que ocho cuartos! ¡Ví a la pendejita con mis propios ojos! Además está la musiquita ¿Qué no la escuchás?— Respondió Cucaracho.—Yo la escucho desde que me caí de las escalera y se me hizo bolsa el auricular.
—¿Estás loco?—Dijo Facundo.
—Quitate el auricular, tarado—Respondió Cucaracho.
Facundo corrió las correas que sujetaban las vinchas del auricular a su cabeza, y se los quitó. En la habitación sonaba una melodía triste y melancólica, similar al sonido de una caja musical.
—¡Qué te dije!  Lo seguí hasta acá, pero parece que viene de arriba—Dijo Cucaracho señalando el techo.
—Sí, viene del cuarto piso…—Dijo Facundo agudizando el oído.
—¡Vamos para arriba!—Dijo Cucaracho.
—¡Esperá que le aviso a los otros!—Dijo Facundo tomando el handi que había colgado de su cinto.
—¡Juan, me escuchás!— El aparato solo emitía sonido de estática.—¡Juan, estás ahí!—
Facundo volvió a dejar el handi en su cinturón y dijo a Cucaracho.—Parece que perdimos contacto con Juan. Tendremos que ir a ciegas…
—Esto es culpa de la pibita esa. No le voy a dar cerveza…—Dijo Cucaracho.





Las alimañas que vivían en el edificio vagaban sin rumbo, buscando un lugar donde refugiarse de la lluvia, pues los pisos superiores estaban inundados por las múltiples filtraciones de agua. De tal envergadura eran estas filtraciones, que la presión del agua sobre las paredes producían grandes crujidos, los cuales retumbaban hasta el hall principal donde se encontraba Juan.
Juan miró por el monitor de la Notebook. Varias cámaras se habían caído, y de las diez solo funcionaban cuatro. Vio a Facundo y a Cucaracho saliendo de un cuarto, y avanzando por un pasillo atravesado por camillas.
El sonido de las cámaras se habían ido, y el handi que habían pactado utilizar en caso de emergencia, solo emitía un sonido de interferencia. Trató de llamar a Facundo por el teléfono celular, pero el aparato tampoco tenía señal.
Juan escuchó crujir el techo a sus espaldas, y cuando volteó vio caer un pedazo de mampostería, seguido por una pequeña línea de agua, la cual escurría hasta el suelo.
Una rata desprevenida corrió por en medio del agua, hasta refugiarse en un viejo archivador oxidado.
Al fijar la vista de nuevo en la pantalla, Juan vio a Germán doblando la esquina de un pasillo. El chico tiritaba de frio, pues se había dejado el rompevientos a un costado de la moto, y solo llevaba la camiseta de kurt Cobain.
Tampoco tenía el casco de realidad virtual puesto, pues le estaba empezando a doler los ojos, a causa del contraste entre la luz de la pantalla y la oscuridad del ambiente.
Así que solo dejó las luces del flash del casco encendido, alumbrando el lugar.
Juan vio por el monitor que Germán parecía estar hablando con alguien, pero no podía entender lo que decía, por la oscuridad del ambiente.
Germán se acercó hasta la cámara de Juan y empezó a mover las manos de un lado a otro, tratando de llamar su atención.
—Se habrá descompuesto…—Pensó Juan.
Germán tocó la pantalla de la cámara con la punta de su dedo, y dijo algo. Luego empezó a reír mientras hablaba, y señaló por detrás suyo.
De repente su cara cambió de una risa a un gesto de angustia al mirar por detrás de la cámara. Germán desapareció del foco de la cámara moviéndose a un costado.
En el hall principal una puerta se cerró de un fuerte golpe. Juan se estiró por encima de la mesa recorriendo el hall con su mirada. Un relámpago iluminó el lugar, revelando varios charcos creados por las múltiples goteras del techo, en medio de las cuales flotaban viejos trastos arrastrados por la corriente. De la escalera que bajaba del segundo piso escurría una pequeña catarata, arrastrando el agua de lluvia de los pisos superiores.






En ese instante Germán volvió  a aparecer en el monitor. Se lo veía retroceder asustado, mirando aterrorizado algo por detrás de la cámara. Después de retroceder varios metros, tropezó con una caja y cayó al suelo inundado por el agua de lluvia.
Trató de levantarse resbalando varias veces contra el suelo. Cuando pudo incorporarse empezó a correr por el pasillo, mirando de reojo hacia un punto por detrás de la cámara.
Juan lo vio desaparecer tras el dintel de la puerta, internándose a toda pisa en un oscuro pasillo. Luego de un momento apareció delante de la cámara un bulto negro moviéndose rápidamente. El bulto tenía forma humanoide, y despedía unas motas de color negro a su alrededor. Se internó en el pasillo por donde se había ido Germán, y desapareció ante la atónita mirada de Juan.
Después de varios minutos, Juan notó que algo se movía tras el oscuro dintel de la puerta.
En la pantalla apareció Germán exhausto, se recostó por el dintel de la puerta tratando de tomar aire. Tenía el pelo revuelto y toda la ropa mojada. Dijo algo hacia la cámara. Juan lo notó muy asustado y su cara estaba totalmente demacrada, como si hubiese visto algo macabro y terrorífico. Dio unos pasos acercándose hasta la cámara, cuando algo lo tumbo al piso y lo arrastró de los pies. Germán se agarró del dintel de la puerta, mientras una fuerza invisible lo estiraba. Sus pies quedaron suspendidos en el aire y llegaron a tocar el techo. Luego de unos minutos de forcejeo, Germán cayó pesadamente al suelo, creando una pequeña ola de agua en el piso inundado.
Al tratar de levantarse, Juan vio como algo lo agarraba nuevamente de las piernas y lo arrastraba por el inundado suelo del cuarto. La fuerza invisible lo arrastró hacia la cámara, tumbando el trípode. La cámara quedo inclinada, pero igualmente Juan pudo ver a Germán aferrándose al dintel de la puerta que se encontraba hace unos momentos por detrás de la cámara.
Detrás de Germán, Juan pudo ver a una sombra con forma humanoide sujetando los pies de Germán. El cuerpo de la figura humanoide era un bulto negro y sus ojos eran de un color amarillo brillante. Los clavos del dintel de la puerta empezaron a desclavarse, la madera empezó a desquebrajarse. En ese momento Juan vio el horror y el espanto reflejándose en la cara de Germán. La madera del dintel se deshizo a pedazos, y Germán desapareció, arrastrado hacia la oscuridad.
El agua de la lluvia escurría por las escaleras, adentrándose en la oscuridad del manicomio.







 Un relámpago de la tormenta se reflejó en un vidrio roto, mientras Cucaracho y Facundo recorrían un pasillo del cuarto piso.
Había varias grietas en el techo, escurriendo agua de la azotea. El piso se encontraba agrietado, y el agua escurría por varios huecos. Cucaracho hundió su pierna izquierda en un hoyo del piso, con tanta mala suerte que su pie atravesó la grieta, y quedó colgando del piso contrario. Facundo fue en su auxilio, y lo ayudó a salir, estirándolo por sus brazos. Aprovechó la situación, y le reprochó por ir con el carrito de cerveza a cuestas, ordenándole que lo dejara.
Cucaracho se resistió a dejar el carrito, e insistió de tal forma, que Facundo tuvo que prometer que le compraría una bolsa de maní y un kilo de picada, si paraba de hacerse el pesado.
Llegaron hasta una puerta ubicada al final del pasillo. Facundo iluminó el cuarto con su linterna, la luz reflejó un pedazo de vidrio roto, y este a su vez el demacrado rostro de Facundo.
Cucaracho, que se encontraba en la mitad del pasillo, trató de arrastrar el carrito de cerveza hasta el cuarto. Pero se le atoró una de las ruedas, en un hueco del piso.
—¡Uy! ¡Qué porquería! —Dijo Cucaracho.
—¿Qué te pasó ahora, Cucaracho?—Dijo Facundo, alumbrando a Cucaracho, mientras este forcejeaba con el carrito atorado.
— Se me atoró la mercancía. Pero no te preocupes que ya lo saco.—
Cucaracho jaló varias veces del carrito, pero este no se movía, y mientras más jalaba del carrito más se hundía en el piso. Trató de hacer fuerzas con las piernas, pero solo consiguió que se le cayeran los pantalones.
—Dejalo…esa cosa ya no sale de ahí—Le dijo Facundo.
—Vos aguantá un cacho. Que ya te lo saco…—Respondió Cucaracho, subiéndose los pantalones caídos.
Cuando intentó jalar nuevamente el carrito, se escuchó un fuerte ruido y una parte del suelo se hundió. El carrito de cerveza desapareció por una gran abertura en el suelo. Facundo tomó del brazo a Cucaracho antes de que este se arrojase por el hueco.
El barril siguió la trayectoria que le indicaba la gravedad, cayendo pesadamente en el piso inferior hasta atravesarlo… y luego el siguiente. Acabó su recorrido en el primer piso.
Cucaracho miró por el hoyo que había en el suelo y dio gracias al cielo, al ver que su preciado barril de cerveza se encontraba intacto.
—No te preocupes, mi vida. Ya voy para allá…—Dijo Cucaracho gritando por el agujero del piso.
Cucaracho se paró, tomó a Facundo de los brazos y dijo.—Facu, esperame acá. Tengo que ir a rescatar a una damisela en peligro…—
—Tené cuidado…—Le respondió Facundo.
Cucaracho corrió por el inundado pasillo, y se internó en el cuarto desde donde había venido Facundo. Confundido, recorrió el lugar con su mirada, un relámpago alumbró la habitación y pudo ver una pequeña cajita musical encima de unos escombros. También divisó algo extraño moviéndose en la oscuridad.
—¡Es por allá, pedazo de boludo!—Le gritó Facundo, señalando hacia el lado del pasillo por donde daban las escaleras. Al percatarse de su error, Cucaracho dio media vuelta, salió del cuarto, y  fue corriendo hacia Facundo.
—¡Tené cuidado con el pozo!—Le dijo Facundo mientras pasaba corriendo a su costado.
—¡No te preocupés por el mozo que yo pago la cuenta!—Dijo Cucaracho, al momento en el que uno de sus pies caía dentro del pozo.
Cucaracho cayó pesadamente dentro del pozo, agrandando la abertura. Atravesó dos pisos en la embestida, hasta caer a un costado del barril.
Adolorido, Cucaracho dio media vuelta, entre una blanquecina nube de polvo y restos de mampostería. Tanteó el suelo, y encontró a su costado el barril de cerveza. Lo besó varias veces dándole gracias al cielo.
—¿Estás bien? ¿Te rompiste algo?—Le dijo Facundo por la abertura.
—Estoy bien, no me pasó nada…—
En ese instante, el suelo por debajo de Cucaracho cedió, desmoronándose. Cucaracho cayó hasta el sótano del hospital.
—¡Cucaracho!—Gritó Facundo.
Se escuchó un fuerte golpe. Luego el sórdido silencio del edificio. Facundo llamó varias veces a Cucaracho.
—Estoy bien…caí encima de unos colchones…—Dijo Cucaracho aferrándose al barril de cerveza.
—¡Quedate ahí que voy a buscarte!—dijo Facundo.
—No te preocupés al pedo. Seguí buscando a la pendejita que yo estoy bien. Enseguida salgo de acá—
—Está bien. Cuando encuentre a la chiquita, voy por vos. No te movás mucho, nomás. —

 Facundo dio media vuelta, y se dirigió nuevamente al cuarto de dónde había salido. Alumbró el cuarto con su linterna led, pero solo encontró restos de cajas y otras chucherías desparramadas.
Al posar la luz sobre los restos de una pared derrumbada, divisó una pequeña cajita musical. Se acercó lentamente hasta ella, alumbrándola con su linterna. El reflejo de la luz hizo brillar el plástico pulido, el cual era de color rojo escarlata. Facundo estiró su mano lentamente, hasta tocar la tapa de plástico. Abrió la cajita con cuidado, revelando su contenido. Un pequeño espejo proyectó la figura de Facundo en su interior. A un costado, una pequeña bailarina en miniatura danzaba al compás de una melancólica música.
La música de la cajita se expandió por todo el edificio, como si algo lo hubiese amplificado por un altavoz. Juan, Cucaracho y Facundo, escucharon la siniestra melodía recorriendo el hospital. El sonido parecía provenir de todos lados.
Facundo se tapó los oídos y cerró la pequeña cajita musical. El sonido cesó en ese instante. Facundo respiró aliviado cerrando los ojos por un momento. Sintió un fuerte apretón, y al abrir los ojos vio una mano blanca, pálida, sujetándole el antebrazo.
Alzó la vista, y vio a una niña sin ojos sosteniendo la cajita musical en sus manos.
—Gracias por encontrar mi cajita musical…—Dijo la chiquilla. Facundo trató de incorporarse, resbalando en el agua que había inundado el piso.
—¿Quién sos vos? ¿Qué hacés a estas horas por acá?—Dijo Facundo incorporándose. La niña sacó unas tijeras de sus ropas harapientas. 
—Tengo muchos nombres…—Dijo la niña agitando las tijeras en el aire.—Pero me llaman Verónica…Me gusta cometer muchas travesuras…y por eso mi padre siempre se enoja conmigo. Pero por suerte siempre termina perdonándome. Claro, siempre que le lleve un pequeño sacrificio…—
Facundo retrocedió, buscando el hueco con bisagras rotas, que hacía de puerta. La chiquilla levitó en el aire, al momento en el que comenzaba a reír con una risa diabólica.
Facundo miro atónito a la niña flotando en medio de la habitación.
—¿Quieres jugar conmigo? ¿Qué tal si te corto el cabello…o las orejas?... Si te arranco los ojos mi padre perdonará todas mis travesuras…—Dijo la niña esbozando una sonrisa diabólica.
— ¿Qué tal si jugamos a los quemados?—Al decir estas palabras el cuerpo de Verónica se convirtió en una antorcha de fuego.
Facundo corrió hasta la puerta seguido por la niña, atravesó el dintel y se internó en el pasillo. Corrió desesperadamente, tropezando con varios trastos. Al pasar por el dintel de una puerta, una sombra oscura le salió al encuentro. La sombra tenía ojos de color amarillo brillante, era corpulento, y a Facundo le pareció la figura de Cucaracho.
¡Cáete de una vez!—Dijo la figura y empujó a Facundo.
Facundo trastabilló, y cayó de lleno en el agujero que había hecho Cucaracho en el suelo. Trató de levantarse, pero su cuerpo se trabó en la abertura. Al alzar la vista vio a la niña salir del cuarto, con la piel y sus ropas totalmente carbonizadas. Por detrás de ella, el cuarto ardía en llamas.
La niña alzó una tijera en alto, y avanzó hasta Facundo, caminando sigilosamente por el pasillo. Cuando la niña arrastraba sus pies carbonizados, por el pasillo, el agua burbujeaba y emitía un pequeño silbido.
Facundo trató de zafarse varias veces, pero no pudo. Finalmente la niña llegó hasta él, y le dijo—¿Quieres ver a mi padre? Yo te puedo llevar hasta él…—
Y alzando la mano en alto clavó las tijeras en los ojos de Facundo.
Facundo gritó de dolor, y dos grandes lágrimas de sangre brotaron por debajo de las gafas de realidad virtual.
Un relámpago brilló en medio del pasillo, y la figura de Verónica desapareció repentinamente.

Juan subía unas escaleras cuando escuchó los gritos de Facundo. Dudó unos instantes, mientras buscaba intensamente el origen de los gritos. Al dar con la dirección correcta del sonido, se dirigió hacia allí. Cuando cruzaba el dintel de una puerta semiderruida, el handi que tenía colgado a su cintura empezó a sonar. Juan lo tomó, acercándolo a su oreja. Sorprendido escuchó la voz de Facundo. Se lo escuchaba entrecortado, gemía y tocía entre cada palabra.
—Me lleva… Juan. —Dijo Facundo en voz baja. —La chiquilla me está arrastrando.
—Escucháme... ¿A dónde te lleva?—Respondió Juan. 
—A un lugar oscuro.— Dijo Facundo tosiendo, de fondo Juan escuchaba el roce del cuerpo de Facundo contra el suelo, al ser arrastrado.
—Perdonáme, Juan.— Dijo Facundo entre sollozos.— Perdonáme, yo te metí en todo esto…—
—No importa… Decime hacia dónde te lleva.— Respondió Juan.
—Al sótano… Ven al sótano, Juan… Ven y rescata a tu amigo. Te estaré esperando.—
El sonido del handi se apagó, se había acabado las baterías.
Juan bajó rápidamente las escaleras, hasta llegar a la puerta de entrada del sótano.
Juan iluminó el lugar con su linterna de emergencia, se encontraba inundado, y varios cacharros flotaban en medio del agua. Trató de avanzar por encima del agua, subiendo por unos archivadores acomodados a un costado del pasillo de entrada. Avanzó varios metros de esta forma, hasta llegar a una columna que hacía de divisoria final. Juan recorrió el pasillo con su mirada, hasta dar con una puerta arrancada de cuajo flotando en el agua. Lo arrastró hacia él con un caño de hierro. Trató de subir encima de la puerta, pero cayó pesadamente al agua. Cuando se incorporó, estaba totalmente empapado y el agua le llegaba hasta la cintura.
Tardo varios minutos hasta llegar a una pequeña pendiente. Allí el agua le llegaba hasta los tobillos. Juan se recostó por la pared del pasillo unos instantes. Agitado, dio grandes bocanadas de aire.
Miró hacia una puerta al final del pasillo. Era la entrada del sótano. O como decía el cartel que tenía colgado. Morgue.
Se escuchó algo extraño moverse tras la puerta, golpeando varios objetos metálicos a su paso. Juan, miró sobresaltado. La puerta de la morgue crujió, y el pestillo antipánico empezó a moverse. Juan tomó un pedazo de mampostería que había caído del techo, con la intensión de arrojarlo contra lo primero que se asomase tras la puerta.
Lentamente la puerta empezó a abrirse.  Un bulto cayó al suelo y rodó hasta los pies de Juan. Era un barril de cerveza de marca san javier. Juan alzó la vista, y vio a Cucaracho saliendo detrás de la puerta.
—Juan, ¿qué haces acá?—Dijo Cucaracho.
—Cucaracho…Vine por Facundo, me dijo por el handi que estaría por acá.—
Cucaracho se agachó, y agarró con ambas manos el barril de cerveza, aupándolo como si fuese un niño.
—Mirá que ahí dentro no hay nada. Solo un montón de colchones viejos desparramados. —Dijo Cucaracho.
—¿Estás seguro?— Preguntó desconfiado Juan.
—Entrá si no me crees.— Respondió Cucaracho.
Juan abrió la puerta de la morgue, entrando lentamente en su interior. Alumbró la habitación con su linterna, recorriéndola lentamente con el haz de luz. Había varias camillas oxidadas por el tiempo, una gran heladera para mantener los cuerpos a bajas temperaturas y unas extrañas bolsas apiladas en un rincón del cuarto.
Juan se acercó lentamente hasta ellas. Las inspeccionó detenidamente, apuntó el haz de luz al techo, y le dijo a Cucaracho.
-No eran colchones, sobre lo que caíste. Eran bolsas para cadáveres, y parece que tienen fiambres dentro.-
Cucaracho dio un sorbo al barril de cerveza, y luego de dar un gran eructo, dijo.
-Menos mal que están muertos, si estaban vivos ya se hubiesen roto todos los huesos.-
Juan se llevó la mano a la cabeza, arrepintiéndose del comentario. 
-Me pregunto quién los habrá puesto por acá.- Dijo Juan.
—Ni idea. Cuando yo vine, ya estaba así...— Respondió Cucaracho.
Juan acercó su oído a la pared tras las bolsas de cadáveres. Agudizó el oído, y pudo escuchar la voz de Facundo hablando en voz alta, tras la pared.
—Es Facundo...— Dijo Juan hablando hacia Cucaracho— Está detrás de esta pared. Ayúdame a quitar estas bolsas.—
Juan y Cucaracho corrieron las bolsas con varios cadáveres pudriéndose en su interior. Si bien no se sentía ningún tipo de olor, muchas se encontraban infladas por los gases de la avanzada putrefacción. Otras se movían agitando el agua de los órganos licuados en su interior.
Al terminar de correr las bolsas, Juan pudo ver una pequeña abertura del tamaño de un hombre pequeño que daba a una habitación interior. Juan se introdujo lentamente por la abertura y al pasar hacia el otro lado iluminó el lugar con su linterna. Era una especie de cueva gigantesca, con un gran hoyo en el medio, grandes bloques del edificio habían caído a su alrededor formando una empinada de escombros. Juan movió la linterna hacia el techo y lo que vio le dejo shockeado. Del techo de la cueva colgaba Facundo boca abajo. Sus gafas de realidad virtual emitían un pequeño destello de luz apenas perceptible.
Estaba sujeto a una cuerda por una de sus piernas y gemía de dolor.  Juan lo llamó varias veces pero Facundo no le respondió. A cada grito que daba su voz retumbaba por todo el lugar para luego ser devorada por el oscuro y gigantesco agujero que había en medio del lugar.
Juan vio en una de las esquinas del agujero, una gran barra de acero sobresaliendo del borde. La barra se encontraba muy cerca de donde Facundo colgaba. A Juan se le ocurrió que tal vez podría bajar a Facundo si lo acercaba al borde. Así que montó encima de la barra de acero y lentamente se fue acercando hasta Facundo. Llegó hasta el extremo de la barra y esta crujió al aumentar el peso. Juan estiró sus manos todo lo que pudo, pero no llegaron hasta Facundo. Había un metro de distancia entre ambos. Entonces retrocedió lentamente, se bajó de la barra y tomó carrera hasta apoyarse en los escombros de la empinada. Juan respiró profundamente y dando un gran salto, empezó a correr rápidamente. Atravesó la barra de acero dando grandes trompicones, a cada paso el metal crujía amenazando con venirse abajo. Cuando llegó al final de la barra Juan dio un gran salto. El impulso le permitió avanzar el metro que le quedaba hasta Facundo. Al caer se agarró fuertemente de la espalda de Facundo. La soga por donde colgaba se ladeó hacia los costados y Juan resbaló por la espalda de Facundo cayendo, hasta que pudo aferrarse a la manga de su buzo. Por un momento colgó temerariamente y pensó que podía caer al precipicio que había debajo de sus pies. La estalagmita que sostenía la cuerda de Facundo empezó a crujir.
—¿Juan, sos vos?—  preguntó Facundo hablando como si estuviese drogado.
—Sí, soy yo.— dijo Juan—  vine a… — la voz de Facundo interrumpió las palabras de Juan— Juan, lo puedo ver…está cerca…muy cerca…él…él viene por nosotros, Juan…—
—¿Quién?— preguntó Juan— ¿Quién viene por nosotros?...—
Facundo movió su cabeza apuntando la tenue luz de sus gafas hacia Juan y dijo— El diablo…el diablo viene por nosotros…— En ese instante unos fragmentos de estalagmita cayeron del techo golpeando la cabeza de Juan.
—Si…ahora lo veo tan claro…todo es tan claro…— dijo Facundo mientras se escurrían varias lágrimas de sangre por las gafas de realidad virtual. Otra vez la estalagmita empezó a crujir. Juan alzó la vista y la sangre de Facundo cayó en sus ojos, segándolo.
Trató de limpiarse la sangre con el borde de su camisa, pero dejó la idea al percatarse de que podía caer al vacío si dejaba de aferrarse con ambas manos. Escuchó un estruendo a espaldas de Facundo. Juan trató de abrir sus ojos, pero solo podía ver una gran mancha roja nublando su vista.
En medio de la mancha una gran luz brilló en la oscuridad. Juan sintió olor a carne quemada. Una voz dijo— Ya viene… mi padre ya viene…—
Los ojos de Juan empezaron a lagrimear hasta que la sangre de Facundo se le escurrió por la cara. Cuando la sangre se le escurrió completamente, pudo ver a Verónica avanzando hacia él flotando en medio del aire. La mitad del cuerpo de la niña se encontraba en llamas, y grandes pedazos de carne carbonizada se desprendían al moverse.




Juan se ladeó hacia los costados, tratando de tomar el impulso suficiente para llegar hasta el borde de la abertura. La estalagmita que sostenía la cuerda se partió a último momento, y ambos salieron despedidos hacia los bordes del agujero. Cayeron encima de una pila de cemento pulverizado. Juan pudo sujetarse a un grueso alambre de hierro que sobresalía de unos escombros. Pero el cuerpo inconsciente de Facundo se deslizó por la pendiente del agujero, debido al peso de la estalagmita que tenía sujeto a su pie izquierdo.
—¡No!—gritó Juan desesperado. Facundo cayó por el agujero, pero Juan pudo agarrar la cuerda que sujetaba el pie de su amigo y detuvo la caída. Juan quedó de espaldas  inmóvil, a escasos centímetros del precipicio. A metro y medio de distancia, el cuerpo inerte de Facundo se balanceaba colgando del borde del agujero.
Juan escuchó un ruido a sus espaldas. Noto algo acercándose hasta él. No podía voltearse, pues si lo hacía, cabía la posibilidad de que la cuerda que sostenía a Facundo se le resbalase de las manos. Así que esperó impacientemente hasta que la cosa se posó a sus espaldas.
—Hola, Juan—Dijo la tierna voz de Verónica— ¿Te encuentras bien? Tal vez…yo podría ayudarte…— Al terminar de decir estas palabras empezó a cortar la tela de la camisa de Juan por la espalda. Verónica desgarró la camisa de Juan, dejando al descubierto su espalda. Llevó las tijeras por encima de su cabeza y estas se pusieron al rojo vivo. Luego las pasó por la espalda de Juan, achicharrando su carne y generando grandes ampollas. Juan gritó de dolor, mientras la niña gozaba con mórbido placer. Verónica se paró encima de la espalda de Juan, produciéndole un terrible ardor. Luego tomó entre sus manos un gran manojo de cemento pulverizado y se lo arrojó por la espalda.
El grito de dolor de Juan retumbó por toda la cueva. Juan se desmayó del dolor y cayó por el precipicio, arrastrado por el peso de Facundo.
Ambos cayeron por el agujero hasta desaparecer en la oscuridad.




Germán despertó en medio de la oscuridad. Rebuscó en los bolsillos de su pantalón y encontró un teléfono celular. Lo encendió, y recorrió con su luz el lugar. Se encontraba en medio de una habitación insonorizada de color blanco. Las enmohecidas paredes estaban acolchadas y había cientos de garabatos escritos en ellas.
Germán las alumbró, recorriendo la parte superior del techo. Al bajar la luz pudo ver a una niña sentada en el suelo, en un rincón de la habitación. La niña se encontraba llorando. Por la ropa que llevaba, Germán se dio cuenta de que era Verónica. Lentamente se acercó a la puerta de la habitación, la abrió sin hacer ruido y salió al pasillo. Iluminó el lugar y pudo ver varias habitaciones muy parecidas a la que había salido. Corrió por el pasillo hasta llegar a una pesada puerta de acero abierta. La abrió por completo y vio una escalera subiendo hasta una buhardilla. La subió dando trompicones y al llegar hasta arriba encontró que la pequeña puerta estaba obstruida con algo pesado desde el lado posterior.  
Luego de empujar varias veces con todo el peso de su cuerpo, Germán pudo abrir la buhardilla. Al salir por la pequeña puerta, fijó su vista por un momento hacia la puerta de acero que había atravesado y pudo ver a Verónica parada en medio de ella.
Asustado, cerró la tapa de la buhardilla y echó unos muebles viejos encima. Alumbró la habitación y se dio cuenta de que se encontraba en una especie de almacén abandonado.
Buscó desesperadamente una puerta y al encontrarla se echó a correr por un oscuro pasillo. Subió por unas escaleras, y después de dar varias vueltas por el edificio llegó al hall principal. No encontró a Juan, ni a los demás. Y al tratar de ver por el monitor de la notebook, noto que esta se encontraba apagada.
Al voltear hacia la entrada principal vio a su moto estacionada debajo de la pared desmoronada. Revisó el bolsillo trasero de su pantalón y encontró las llaves. Corrió con todas sus fuerzas hasta su moto, pero en el momento en el que pasaba por encima de las puertas de blindexs un gran sacudón, parecido a un terremoto, casi lo hecha al suelo. En ese preciso momento la pared que colgaba encima de su moto se vino abajo, aplastándola.
Germán se quedó un instante mirando estupefacto su moto destruida. Un pedazo de mampostería cayó sobre su cabeza sacándolo del estado de shock. Al mirar a sus costados vio que el edificio se le venía abajo. Corrió con todas sus fuerzas hasta salir de allí y se alejó por un bosque.
Luego de correr por el bosque durante quince minutos, se dio cuenta que se encontraba perdido.
—¡Pero qué porquería! ¿Dónde estoy?—Se dijo para sus adentros.
Germán alzó la vista y recorrió la oscuridad del bosque con su mirada. Unas figuras de ojos brillantes se movían alrededor suyo, quebrando ramitas caídas.
Agudizó la vista tratando de ver en la oscuridad. Cuando sus pupilas pudieron adaptarse al oscuro ambiente, vio unos ojos brillantes mirándolo entre las hojas de unos arbustos.
Lentamente empezó a retroceder, presintiendo el peligro. Pero se detuvo al escuchar un rugido a sus espaldas.
Al darse vuelta, una docena de ojos brillantes lo miraban.
Germán tiritando de frio, retrocedió hasta el único espacio vacío que le quedaba: una pequeña colina que bajaba por una abrupta pendiente.
Las alimañas empezaron a rodear a Germán. Y este no tuvo más alternativa que bajar por la pendiente. Se deslizó lentamente… hasta que su remera de Kurt Cobain quedó atorado en la punta de una roca. Al quitarse la remera, volvió a deslizarse por la pendiente, pero esta vez muy rápidamente.                                                                                                               
Rodó un gran trayecto por la empinada, hasta salir despedido por un barranco… cayendo finalmente contra unas rocas.                                                                                                 La fuerza del golpe le rompió varias costillas, pero no detuvo su caída Germán rodaba rápidamente por la pendiente, escupiendo sangre. Rodó hasta unas piedras golpeándose contra ellas y el impacto fracturó los huesos de su pierna izquierda en varias partes, dejando en exposición los huesos de su tobillo.                                                       
Terminó el accidentado recorrido golpeando la cabeza contra una puntiaguda piedra, la cual le abrió una profunda herida en la cabeza.
Germán estaba inconsciente y sangraba profusamente cuando llegaron las hambrientas criaturas del bosque. Los ojos de las bestias brillaron extasiados…  
     



Cucaracho se encontraba en la cima de los escombros, cuando pudo ver a Juan y Facundo cayendo por el precipicio. Se deslizó rodando por la pendiente hasta llegar al borde del precipicio. Pero ya era muy tarde, Juan y Facundo habían caído.
¿Tú también quieres ir con ellos?—Dijo la voz de una niña por encima de Cucaracho.
Cucaracho vio a Verónica levitando en el aire.
¡Mocosa maleducada! ¡Te voy a enseñar lo que es la educación! —Dijo Cucaracho sacándose el cinturón, al momento en el que se le caían los pantalones.
La niña profirió una diabólica risa y luego bajó hasta posarse a un costado de Cucaracho.
—¿Y qué harás, maldito borrachín?— Le dijo Verónica con voz de ultratumba, mientras Cucaracho retrocedía unos pasos— ¿Me bautizarás con cerveza?
¡No!—dijo Cucaracho sacando una petaca de wisky del bolsillo.—Pero puedo bautizarte en el nombre de jebús, con esta agua bendita que me dio el padre Anselmo.—Dicho esto, arrojó el contenido de la petaca sobre Verónica. La chiquilla dio un terrible grito retorciéndose entre los escombros. Al instante la diabólica figura desapareció transformándose en polvo.
—¡Suerte que siempre traigo el agua bendita que me da el padre Anselmo!—Dijo Cucaracho arrojando la petaca por el agujero.— ¿Y ahora cómo hago para salir de acá?
Cucaracho subía por la pendiente cuando escuchó un grito atronador saliendo del agujero de la cueva. Unos minutos después un terrible viento sopló desde el agujero, ayudando a Cucaracho a subir la pendiente. Cuando llegó a la cima de los escombros, todo el lugar empezó a temblar y el edificio se vino abajo, atrapando a Cucaracho en medio los escombros.


                                                                ***

Al día siguiente Cucaracho despertó en medio de la oscuridad, rodeado de escombros. Se había dado un fuerte golpe en la cabeza. No recordaba su nombre, ni cómo había llegado hasta allí, pero para su suerte no tenía ninguna lesión grave y los escombros no le cayeron encima.                                                                                                                                       Tardó tres horas en salir de los escombros y ver la luz del sol nuevamente. Al salir se percató que no llevaba pantalones y que su cuerpo se encontraba totalmente blanco a causa del polvillo esparcidos entre los escombros.
Al llegar al estacionamiento, vio el auto de Facundo parado en medio del lugar. Lo abrió y rebuscó la guantera, y también por debajo de los asientos. Pero no encontró llaves. Facundo las había dejado en el hall, ahora derrumbado.                                         Decepcionado salió del auto y empezó a correr perfilándose hacia un camino de asfalto que corría al final del hospital.
Después de correr diez minutos por él, llegó hasta un oxidado portón donde se leía: “Hospital de salud mental”. Cucaracho pasó corriendo entre las rejas abiertas avanzando por un destartalado camino.

                                                                 ***

Al día siguiente la policía llegó al lugar. Buscaron a Juan y a Facundo por varias semanas, pero no los encontraron. Varias semanas después de terminar la búsqueda, unos cazadores encontraron los restos del cuerpo de Germán, estaba despedazado, desmembrado por las alimañas del bosque. La policía hizo muchas preguntas a Cucaracho, luego de que un patrullero lo detuviera en las calles de un pueblo cercano. Pero no recordaba nada de lo sucedido la noche anterior. Solo decía que había tenido una terrible pesadilla. Una pesadilla donde una diabólica niña lo perseguía hasta arrinconarlo en el borde de un oscuro precipicio.
—¿Una niña? ¿Y cuál era el nombre de la niña?—Dijo el oficial de policía que tomaba declaración a Cucaracho.
—Verónica, su nombre era Verónica, oficial. Tiene que creerme…—Respondió Cucaracho.

Nadie creyó una palabra de lo que dijo Cucaracho. Su declaración la tenían por delirios de un borrachín. Solo aparecieron varios conductores de programa de misterio, tratando de hacerle una entrevista. Pero él se negaba. Muchos años estuvo Cucaracho regresando al viejo hospital abandonado. Removía los escombros tratando de buscar a sus amigos, siempre en vano.                                                                                                                   
De vez en cuando se lo veía en la taberna del pueblo peleándose con los hombres que se burlaban de su historia. Pero cuando se le convidaba un buen trago, comenzaba a relatar esa extraña pesadilla que había tenido aquella noche. La noche en que según él decía, había conocido a Verónica, la hija del diablo.





Fin



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